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domingo, 1 de mayo de 2011

La pingüinera de Punta Tombo




 
   Como todos los días  nos levantamos temprano, nos ponemos nuestro vaquero, las zapatillas de deporte y con la cámara al hombro y la mochila, nos disponemos a empezar nuestra excursión a Punta  Tombo. 

  Saliendo de Puerto Madryn y pasando por Trelew llegamos a la Ruta nacional Nº3  hasta empalmar la Ruta Provincial  Nº 75 que va directamente a la Reserva Natural. Todo el camino, aproximadamente 107 km, es de asfalto salvo los últimos kilómetros antes de la Reserva que no fueron asfaltados para preservar el hábitat del lugar.

   Durante el trayecto volvemos a contemplar la árida meseta patagónica con los guanacos. La ruta  atraviesa varias estancias (propiedades privadas) en las que hay una gran cantidad de corderos que  están sueltos y desperdigados y de los que tan sólo una vez al año hacen recuento sus dueños. La pingüinera pertenece a una de esas estancias.
Imagen cogida de Google en la época en la que fuimos ya no había  tantos
   Punta Tombo es una franja estrecha y pedregosa que penetra en el mar unos 3,5 km y que está rodeada del típico paisaje árido y solitario de la meseta patagónica. Allí se encuentra la mayor colonia de pingüinos de Magallanes conocida en todo el mundo, con aproximadamente medio millón de ejemplares (unas 200 mil parejas reproductivas).

   Cada año a principio de septiembre, los machos empiezan a llegar a reacondicionar los nidos de años anteriores. Luego, arriban las hembras; las que ponen dos huevos a comienzo de octubre y tras 40 días  de incubación compartida con el macho nacen los pichones. Ahí estarán hasta las crías son adultos  y luego emprenden el viaje de regreso hacia el noreste de Sudamérica y cíclicamente regresar al año siguiente.

   En 1979 la provincia de Chubut la declaró Reserva Faunística para proteger a los Pingüinos de Magallanes y las especies que conviven con ellos.









  Como niños íbamos  de un sitio a otro, mirando nidos, buscando crías, haciendo fotos grabando.

Con las crías en el nido

Mas crías


Sorprendidos al verlos desplazarse tan cerca de nosotros.














 







  Hay que dejarlos cruzar  viene del mar  y su caminata desde y hacia el mar para alimentarse y traerle comida a sus crías, pueda ser de 1 km aproximadamente.




  Además de los pinguinos podemos encontrar otras especies que conviven con ellos en el parque como los guanacos y los cuis
Al fondo el guanaco




Los cuis no me gustaron nada pues se parecen a las ratas


  Estuvimos por allí hasta que nos cansamos, sin prisa y al regreso una parada técnica en Gaimán, conocida fundamentalmente por su tradición galesa manifestada en las Casas de Te Gales y por las construcciones en piedra y ladrillos visto. 
Rio Chubut a su paso por Gaimán

De vuelta en Trelew, nos dio tiempo a ir al Museo Paleontológico Egidio Feruglio  (ese que anunciaban en el aeropuerto y que tenía muy buena pinta) está instalado en una construcción de estilo muy moderno y en sus salas se exponen muestras fósiles de ejemplares de la región, destacando el  Carnotaurus sastrei, único dinosaurio carnívoro del mundo que poseía cuernos, y una nidada de huevos de Tiranosaurio de hace 65 años

Carnotauros sastrei



Y de ahí, a la última etapa del viaje, las cataratas del Iguazú.

jueves, 17 de febrero de 2011

Península de Valdés

    Ya hemos pasado el ecuador de nuestro viaje y empezamos la vuelta. Si en la bajada  hemos ido paralelos a los Andes hasta llegar al Océano Pacífico, ahora nos vamos a la  Península de Valdés en el mar Argentino (Océano Atlántico) con el objetivo de participar en un avistamiento de ballenas. Todavía estamos en época de verlas (era noviembre).
La península  de Valdés es, toda ella, una reserva de animales. Cada año, de julio a septiembre, atrae a cientos de ballenas francas del sur (ballena austral). Estas ballenas poseen en la parte superior de la cabeza unas callosidades que son su “sello de identificación”.

A nuestra llegada al aeropuerto de Trelew nos recibe la maqueta de un dinosaurio que anuncia el Museo Paleontológico Egidio Feruglio, el más importante de Sudamérica. Tiene buena pinta, intentaremos verlo.
Desde allí nos vamos a Puerto Madryn, ciudad fundada por galeses, de los que quedan pocos,  y cuyos descendientes se sienten orgullosos de serlo, como pudimos comprobar por la guía, que es uno de ellos. Puerto Madryn es una ciudad costera con bonitas playas bordeadas por la Costanera y que debe su importancia a ser la puerta de entrada y salida de la Península Valdés. Nos alojamos en un hotel de los que aquí llamamos en primera línea de playa y nos dicen que desde las terrazas de las habitaciones a veces se ven las ballenas. ¡Tendremos suerte!
Al levantarnos al día siguiente, desde la terraza de la habitación, miramos y miramos el mar, y a lo lejos se veían unos bultos negros moverse, no podíamos dar crédito hasta que el  chorrito de agua las delató y no hubo duda: ¡eran ballenas! Las observamos un rato y,  emocionados, bajamos a desayunar para después ir a Puerto Pirámides a verlas más de cerca.
      Dejamos la ciudad a través de la ruta provincial 1. Tomamos la ruta provincial 2 con rumbo al istmo Carlos Ameghino, único vínculo entre la península y el continente. En su parte más angosta posee seis kilómetros. En este punto se logra observar los dos golfos que lo flanquean: el San José (al norte) y el Nuevo (al sur), hacia el cual nos dirigíamos.
 Al  adentrarnos en la península, el camino de ripio va cruzando las estancias y, a partir de ese punto,  los móviles no tienen cobertura, no hay gasolineras, no hay electricidad, el agua la llevan en camiones cisterna y, lo más importante, iremos despacio porque puede haber animales sueltos. No nos mentían, los guanacos con sus chulengas nos acompañan a lo largo del trayecto, un armadillo atravesó a carretera (no dio tiempo a fotografiarlo), y una mara se dejó ver.
 Llegamos a Puerto Pirámide. No hace mucho aire y vamos a poder salir al mar. Nos preparamos poniéndonos los chalecos salvavidas y en un pequeño barco, quizás demasiado pequeño para toda la gente que vamos, nos adentramos en el mar hasta avistarlas. 
    
Entramos enganchados a un tractor
 
En ese momento paran los motores. Una ballena se pasea con su ballenato de un lado al otro del barco. La madre saca una y otra vez la cabeza, saca la cola, se sumergen y aparecen al otro lado del barco, y nosotros hacemos lo mismo: nos movemos, vamos de un lado al otro del barco, no queremos perdernos ni un detalle, estamos emocionados, parecemos niños.  
   


  
La ballena y el ballenato
 El tiempo se acabó, y, todavía impresionados por el espectáculo, continuamos nuestro recorrido y llegamos Caleta Valdés. Allí encontramos un importante apostadero de elefantes marinos que podemos observar desde miradores escalonados ubicados en el acantilado. Es la  época en la que pueden aparecer las orcas, pero no lo hacen.


No pude disfrutar demasiado de la vista de los elefantes marinos porque las rodillas  y las piernas no me soportaban (cada vez que subíamos y bajamos escalones era un tormento), necesitaba comer y volver a tomarme una pastilla para seguir aguantando el viaje. Menos mal que los había visto en Ushuaia.



  Caleta Valdés  es un importante accidente geográfico constituido por una lengua de tierra de 30 km. de extensión e islas interiores, y de una gran belleza paisajística que, después del descanso de la comida, pudimos admirar  mientras recorrimos su sendero de interpretación. 


Otra fauna del lugar




Al terminar el recorrido, un pequeño zorro gris posó sin ningún reparo para nosotros dejándose hacer fotos como si de una modelo se tratase, sólo se marchó cuando se sintió acosado por los “fotógrafos” que se le acercaban demasiado. 
A 2 km. hacia el norte, visitamos una pequeña colonia de pingüinos de Magallanes, donde la guía nos dice que si queremos ver más pingüinos merece la pena  visitar  Punta Tombo. Le hicimos caso y planeamos la excursión para el día siguiente.
Después de una parada técnica en la zona preparada para esos menesteres, mientras algunos aprovechan para comprar algún recuerdo, otros nos volvimos a dar un paseo por la zona observando las bonitas vistas que había desde allí, y después, regreso a Península Valdés a descansar y tomar fuerzas para el día siguiente.

lunes, 31 de enero de 2011

Parque Nacional Tierra del Fuego

Tren del Fin del Mundo en la estación del mismo nombre
        Dejando atrás Ushuaia, y tomando un camino de ripio, que es la Ruta Nacional  nº 3, nos adentramos en el Parque Nacional Tierra del Fuego, hasta llegar a la estación del Fin del Mundo ubicada dentro del propio parque.  El tren sale y se interna en el Cañón del Toro. Cruza el río Pipo sobre el “Puente Quemado”, donde podemos observar las ruinas de madera del viejo puente bajo las nuevas vías. Y después de una parada en la estación “Cascada La  Macarena” para ver la cascada, nos adentramos  en el parque donde continúa atravesando sectores que nos muestran la huellas que dejaron los presos en su rutina diaria, como puede ser el cementerio de árboles, de donde sacaban la madera que necesitaban.
Cascada La Macarena , no pude subir hasta arriba me dolían mucho las piernas y había muchas escaleras
Cementerio de árboles talados por los presos entre 1904 y 1947 años en los que funcionó el penal
Vista desde el tren
      Después de bordear el turbal (una masa esponjosa originada por la acumulación de materia orgánica), llegamos a la estación del Parque, final del trayecto. Allí  volvemos a coger el autobús que nos llevará hasta el comienzo de uno de los senderos peatonales donde iniciaremos nuestro recorrido a pie, que nos permitirá pasear y adentrarnos en el parque.
Lenga
       Durante el recorrido, se va alternando el bosque de lenga, guindo y ñire, con un sotobosque abierto, sobre todo, de musgos y helechos que nos acompañaran durante todo el camino. 


         


 Llao llao o pan de indio (los indios mapuche lo comían), hongo comestible   que crece adherido al ñire,  a la lenga  y al coihue, árboles muy comunes en la Patagonia, al sur de Chile y de Argentina. El nombre llao llao significa, además, en lengua originaria mapuche: rico rico, dulce dulce.  
       Este hongo ya lo vimos al hablar de Bariloche  

Orquidea

 
Como es primavera ya se dejan ver algunas flores, como las del calafate (michay) y las orquídeas. Así, mientras se nos van hundiendo los pies en los extensos turbales, llegamos a la laguna Negra, que debe su nombre, precisamente, a la presencia de dichos turbales, que son los que le hacen tener ese color oscuro.

Castorera abandonada

Siguiendo nuestro paseo, llegamos al arroyo Los Castores, donde vemos el sistema de diques que estos animales han construido y el impacto ambiental que provoca. 


Desde la ruta, y sin abandonar los bosques, se accede directamente a Bahía Lapataia,  y de ahí al mirador, donde se tiene una vista panorámica de la Bahía.

Laguna Lapataia( de origen glaciar) y monte Cóndor



Avutardas al lado de la laguna, el macho con la cabeza blanca

La famosa Ruta Nacional Nº 3 , camino de ripio, al llegar a la laguna la bandera indíca que se acaba que hasta ahí llega Argetina
Fotografía obligada.  En este punto se acaba la Ruta Nacional Nº 3
y no hay más  ¡Qué sensación!  




Durante el recorrido habíamos visto  con sorpresa carteles como este sin entender mucho.







Fue al montarnos en el autobus cuando alguien dijo ¡Un zorro! Y allí estaba, un zorro rojo, una variedad particular de la Tierra de Fuego
Me gustaría hablar de los indios yámana que son  lo santiguos habitantes de estas tierra pero se haría demasiado largo
Se acabó la excursión y vuelta a Ushuaia a tiempo para tomar una buena cena, que teniendo en cuenta que a medio día habíamos probado el cordero patagónico, ahora no quedaba mas remedio que tomar pescado o bien  una centolla al peso en La Cantina de Freddy  o  merluza negra en en el restaurante Tante Nina al lado del puerto.  Dificil decisión